grupos estáticos: cambios en positivo y otras formas de relatar la vida


Ya ha terminado el segundo trimestre. Dentro de nada estaremos planeando las vacaciones de verano. Los exámenes de mis sobrinos han ido en general bien, M. nos ha sorprendido porque se ha aplicado y al final ha aprobado todo, y A. aunque le ha quedado un par, en general le ha ido bien. S. y U. por supuesto todo fenomenal.

A.va al instituto, (diurno), hace 1º de la ESO. Pero no se ha tenido que cambiar como otros niños porque su colegio da hasta Bachillerato, ya que es concertado. Por un lado eso le da ciertas ventajas: sabe que va con los mismo compañeros, se conoce a casi toda la gente del centro, no ha tenido ese estrés que sí hemos sufrido otros con el cambio. Pero también hay ciertas desventajas: otro año más con los mismos compañeros cansinos que no te caen bien, no conoces a gente nueva, no entra savia fresca que dé otro punto de vista a la vida.

Y es que es verdad que cambiar de cole a insti con 12 años puede ser duro, porque das con los mayores, y entre ellos puede haber gente un poco inoportuna, personajes que te hagan la convivencia más difícil, chicas que se pintan los ojos para parecer más mayores, chicos que andan con las piernas separadas como si acabaran de bajar de un burro para darse un aire a tipo duro.

Siempre que hablo con ella o con otras personas, digo lo mismo: creo que tuve suerte en dar con el instituto que dí. O al menos con la clase que dí. Es verdad que yo iba más mayor que como van ahora, porque supuestamente estábamos hasta octavo (2º ESO) en el cole. Pero 14 años, por mucho pueblo que tuviera a mis espaldas y por muy espabilada que era para algunas cosas, el miedo a los repetidores, a las novatadas, a no saber qué me iba a encontrar, lo tenía. También es verdad que tuve una transición un poco extraña. Ese verano, el verano que dio paso de mi salida del cole, de dejar la infancia, lo infantil, la niñez, al paso de la adultez, de la madurez, o mejor dicho entrar de lleno en la época pavil, fue quizá un poco más precipitado. Una buena amiga se murió en un accidente de coche, y entonces algo pasó en mí que me hizo ver las cosas desde otra perspectiva.

Antes de su accidente, yo me imaginaba que iría con algunos compañeros del cole a ese instituto, y conocer gente nueva, y esperar que el destino me llevara a una clase normalita. Pero cuando ella murió, cuando supe que nunca más iba a volver a verla, cuando mi hermano conmocionado me dio la noticia tras nuestro regreso del único viaje de fin de curso que he hecho en mi vida, comprendí que los amigos puede que estén ahí siempre, o no. Y haciendo recuento de todos los que había perdido de una y otra manera hasta esos 14 años, decidí que no haría muchos amigos más, por un miedo paranoico e irracional a perderles de la peor forma posible. Pero no me salió bien porque a los dos meses ya hice una amiga a la que siempre recordaré por todos los momentos buenos que me dio. Sí, también se marchó de mi vida.

Así que allí entré en clase el primer día, viendo que conocía a bastante gente, viendo que los únicos dos repetidores eran bastantes majos, y viendo que en general esa clase parecía un grupo agradable. Quizá la elección de la optativa (Astronomía), algo bastante friky por nuestra parte, hizo que no hubiera mucho macarra. Fuera lo que fuese, tengo que reconocer que tuve suerte. Quizá la que no había tenido ese año al morir una persona importante, la primera amiga que se me moría, con la de cosas que íbamos a hacer juntas… Pero tuve suerte. Di con gente maja, incluso me di cuenta después de todo el curso, cuando llegó el verano, que la macarra fui yo, al menos un poco. Me junté con una personita que al final, cosas del destino, también desapareció de mi vida, pero por otros motivos. Y esa personita me hacía reír mucho, y nos juntamos el hambre con las ganas de comer, nos juntamos la ignorancia con las ganas de saber, nos juntamos la rebeldía con las ganas de crecer. Y haciendo balance he de reconocer que nos pasamos tres pueblos (ella, yo y media clase) con el profe de Inglés. Y con la de Lengua. Y nos encantaba la de Natu porque nos obligaba a usar colores, con lo que nos gustaban los colorines! Y no podíamos reírnos más con el profe gay  (no declarado pero descubierto con su novio 15 años después, aunque ya se olía en aquel momento, claro) de Religión y sus prejuicios antiabortistas y su acento del sur, y aunque no pensara como nosotras nos lo pasábamos en grande y por qué no decirlo, nos fumábamos sus clases dos de cada tres días. 

Hacer pellas era la mejor parte del día. Nuestra clase era un bajo, con ventanas sin rejas, vamos, sólo faltaba un cartel que dijera: salta de una vez, copón! Y eso hacíamos, venían a buscarnos a la ventana (no teníamos móvil por entonces) y hasta luego cocodrilo. De todas formas comparadas con las pellas de otros, éramos bastante buenecitos, como mucho nos íbamos al parque a inflarnos de bolsas de pipas, chuches y cocacolas, al bar a jugar al futbolín, o al gran Eduardos a meternos unos desayunos que no nos cabían entre pecho y espalda. Bueno, eran churros con colacao y zumo de naranja, pero a mí me sabían a gloria. (Gloria debió de ser una mujer maravillosa, porque todo lo bueno sabe a ella) 

 

Como me lío al final contando mi vida, a la conclusión que quería llegar era que por un lado estar con los mismos de siempre te puede traer cosas buenas, hay un refrán que dice más vale malo conocido que bueno por conocer, pero creo que estar en el mismo círculo constantemente, estar con la misma gente de siempre, hace que se pierda perspectiva, hace que te encasilles en un pensamiento que siempre gira del mismo lado. Conocer al macarra del instituto te hace ver una realidad, y es que no todas las personas son buenas, salir de esa burbuja y enfrentarte al mundo real; donde hay malos, donde hay gente que se ríe de otros, donde hay personas que se pasan tres pueblos, pero también donde hay gente que lucha, gente que no se rinde, que tienen metas y hacen lo posible por conseguirlas, y personas que no toleran a los mal educados y les hace frente con sus armas. Y si lo extrapolamos a la vida, nos pasa con el cole, con el grupo de amigos del barrio, o con los mejores amigos de toda la vida, que al final si no hay cambio viene ese otro refrán que dice: lo poco gusta y lo mucho cansa.

 

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