Los descendientes


Existen tantas formas de criar a un hijo como padres hay en el mundo. Por eso es imposible decir cuál es la correcta. Porque para cada cual será la suya propia.

Compramos cosas materiales pensando que son nuestras por el hecho de pagarlas, y suelen ser cosas prescindibles, no necesarias. Pero si las perdemos o se nos rompen lo vivimos como algo negativo, porque nos aferramos a ese objeto y nos hacemos dependientes de él. En lugar de entender que las cosas van y vienen, y que no son nuestras en sí, las disfrutamos un tiempo y luego las desechamos.

He observado que cuando nos apropiamos de “cosas” y éstas se van de nuestro lado, sufrimos mucho por su pérdida, al menos en general. Por poner algún ejemplo, si pensamos en nuestra pareja como un compañero de viaje, en lugar de llamarlo “mi” lo que sea (novio, marido, pareja, relación…), seguramente sufriremos menos una pérdida de dicha relación. Sufriremos, sí, o no, no lo sé, pero casi segura que menos si nos lo planteamos como un ser independiente con autonomía propia que decide libremente recorrer un camino junto a mí, que si lo vemos como algo “nuestro”, propio.

Con los hijos pasa un poco igual; los vemos como prolongaciones  nuestras, son “míos”, “mis” hijos. Y sí, son de quién los cría, pero ¿exclusivamente “tuyos”? Piénsalo. También son un poquito de los profesionales de su alrededor, de otros familiares, son parte de sus educadores, médicos, dentistas…

Los hijos no son una parte de ti, son una creación nueva que viene a través de ti, tú les has traído al mundo para criarlos, ayudarlos, apoyarlos, pero hay un objetivo que nunca deberíamos olvidar: están aquí para ser independientes. Parece un concepto sencillo, puede que lo sea. Tenemos hijos por diferentes motivos: para sentirnos realizados, para perpetuar la especie, para no sentirnos solos, para que hagan compañía a un hermano… tantos como personas hay. Pero, ¿alguien se plantea que los hijos no son réplicas de los padres? ¿Alguien piensa que los hijos son seres independientes con autonomía, y que eres tú el que les acompañas a ellos en su proceso de aprendizaje? ¿Que tú eres el que le hace compañía, tú el que le suministra los recursos básicos que necesita? Yo creo que pocos padres se plantean esto en estos términos. Solo hay que oír los comentarios: “mi” hijo, es “mío”, “mi” sangre…

Yo no hablo de conceptos de independencia como los de un adulto, de trabajar, de ganarse la vida; no, hablo de su libre albedrío, de sus decisiones a pequeña escala. Ellos están aquí gracias a nosotros, pero están aquí para conseguir autonomía, y cuanto antes nos demos cuenta de eso, antes podremos asumir que no sean como queríamos que fuesen, que no estudien lo que queríamos que estudiasen, que no trabajen en lo que queríamos que trabajasen, que no vivan, en definitiva, como nosotros, padres, queríamos que viviesen, sino que vivan la suya, la que ellos elijan.

Los problemas que se evitarían teniendo esto presente, la de terapia que nos ahorraríamos. Y no hablo de dejar que se críen solos. Hablo de enseñarles a volar, de mostrarles el mundo que se van a encontrar, de contarles lo bonito y lo feo, lo complicado y lo simple, lo divertido y lo frustrante. De irles dando pautas para enfrentarse a situaciones complicadas que es probable que tengan.

No deberíamos tener hijos para que repitan nuestros roles, ni como a clones representativos de nuestras vidas, ni para seguir un legado que lleva incrustado siglos en el árbol genealógico. Deberíamos tener hijos por el hecho de aventurarse a criar a otro ser, a una persona que tendrá sus propios valores y que no tienen por qué ser los nuestros. Deberíamos tener hijos por el hecho de que el mundo seguirá, y tendrán que estar preparados para lo que venga.

Si un padre/madre, es capaz de asimilar esta idea y de ponerla en marcha, habrá cambiado la forma de ver a “su” hijo, y lo verá como a un ser que dependerá de él hasta que sea capaz de desplegar sus alas y volar por sí mismo, pero que en ningún caso será una escisión de su progenitor, ni una copia perfecta, más bien que tendrá la capacidad de decidir por sí mismo lo que mejor le venga en cada momento. Si nos quitamos los posesivos, probablemente comprendamos mejor a nuestros hijos, si nos quitamos el sentido de propiedad hacia ellos, puede ser que haya problemas que no nos lo parezcan tanto.

 

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