Grandpa


Dicen que todo el mundo tiene secretos de familia, trapos sucios que guardan en un rincón de de la casa, probablemente en un desván viejo y sucio al que nadie accede desde hace años. A mí no me gustan los secretos familiares, creo que las cosas hay que contarlas, pero también hay que saber a quién contarlas, cómo y cuándo es el momento. Yo he sido bastante curiosa con mi familia, desde siempre he preguntado cosas de mis abuelos, de las costumbres del pueblo, de lo que se hacía en aquella época, de sus vivencias en general. 

Es verdad que a mi padre le costaba hablar de ciertos temas, que yo no entendía bien. Aun así mis padres me han ido dando respuesta a prácticamente todo lo que me he ido preguntando estos años. Claro que hay que contar con una cosa, y esa cosa es que dependo de su punto de vista, de su memoria y de lo que a ellos les parezca importante. Posiblemente si me preguntasen a mí por temas difíciles además de no tener demasiado problema en contestar, me enrollaría como las persianas al hacerlo, puesto que va en mis venas.

Como mis abuelos murieron cuando yo era demasiado pequeña, a excepción de la abuela Mónica que ni tan siquiera la conocí, no he podido saber de sus vidas en primera persona, siempre ha sido a través de los hijos. Lo bueno de tener una tía con una memoria de elefante es que, aunque se emocione siempre al contar las cosas, al final las cuenta. Y otra cosa buena de tener primos mayores es que ellos sí compartieron experiencias con los abuelos.

Cuando estuve en Valencia añadí tres detalles más que no conocía de mis abuelos paternos. Uno que me sorprendió bastante es que mi abuelo no bebía nunca. Nada. Cero. Ni una gota. De alcohol se entiende. No le gustaba. Pero estoy segura que había algo más, algo como que le hacía perder su capacidad para comunicarse, que le dejaba el cerebro tonto, y como se dedicaba a la música y a escribir eso al final por mucho que los nostálgicos nos quieran convencer de que hay sustancias que te inspiran, en realidad te embotan y no facilitan. 

*Sabía que había otra cosa que me llamó la atención. Mi abuelo nunca escribía con faltas de ortografía, cuidaba mucho su letra y no soportaba la gente que escribía mal. Pasaba a limpio todo lo que escribía, mayormente cartas de denuncia social a Franco y cía. Ya tengo otra respuesta a por qué le doy tanta importancia a las faltas y por qué veo en libros publicados siempre alguna. 

Otro dato es que mi abuela cuando tuvo mellizos con 38 años, a meses escasos de los 39, de aquella época oscura, estuvo mucho tiempo sin poder moverse de la cama. La situación fue así, una señora que era abuela de un amigo mío del pueblo, la cual quería y ayudó mucho a mi abuela, le asistió en el parto junto con el médico, y le dijo básicamente: Mónica, prepárate porque viene otro. Cómo que otro? Sí mujer, que viene otro. Ay copón. Porque claro en aquella época ni ecografías ni porras. Y claro en esta familia que todo tiene que ser cuadriculado y equitativo, después de tener dos hijas faltaban dos hijos para cuadrar el círculo, y como no había tiempo de dos partos pues ale, en uno y vas que chutas. A mi abuela no le tuvo que hacer ni puñetera gracia claro. Mejor no pensar cómo se sentiría y lo que sufriría, porque además de que un parto así te revienta por dentro, las condiciones higiénicas y políticas, por qué no decirlo, no eran las mejores. 

Pero es que además de todo esto, descubrí algo que no sé por qué mi padre nunca me ha contado, y es que mi abuela era una loca de los gatos. Es que me emociono y todo al escribirlo. Una loca como yo, que le daba de comer a los que vivían por los alrededores de su casa, que los cuidaba como si fueran suyos, a los que intentaba proteger de los chavales sin sentimientos que les hacían de rabiar o maltrataban. Ahora entiendo de dónde me viene la vena gatuna, menudo descubrimiento. Ha sido de las cosas más chachis que he sabido últimamente. No sé si todo se hereda, pero está claro que mi abuela era especial, y ya no por lo trágico de su vida, por las hostias que le dio, sino porque a pesar de todo ese montón de mierda, siempre intentaba hacer lo mejor para los demás.

Conocer que mi abuela era una amante de los gatos me dejó una sonrisa en la cara para toda esa noche y una sonrisa en el alma para el resto de mis días. 

*A veces me pongo a pensar en la máquina del tiempo, o en el Ministerio del tiempo, y lo tengo claro, si sólo pudiese abrir una puerta, me iría a conocer a mis abuelos. 🙂

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