Duelos y quebrantos

Podría hablar de la receta. Que por cierto es manchega. Me encanta cocinar, me relaja y si me empeño me puede salir algo comestible.

Pero no. Los duelos son ese proceso interno que debemos hacer ante una pérdida. La muerte es uno de ellos, y es algo que desde pequeña me ha inquietado. Preguntas sin respuesta como dónde va nuestra conciencia cuando nuestro cuerpo deja de tener vida, si hay una esencia o un alma que vuelva a nacer en otro cuerpo, si ese cielo que nos auguran es eterno cómo saber que el tiempo está transcurriendo. Qué sientes cuando dejas de sentir o de existir.

Soy la pequeña de cuatro hermanos, hermanos mucho más mayores que yo. Por lo que mis padres son también mayores. Cuando era cría me daba miedo morir, desaparecer, ¿y luego qué? Pero también me daba miedo que todo el mundo de mi alrededor fuera marchándose y quedarme sola. Por ley de vida que se suele decir, yo debo ser la última en irme de los seis. Y pensar eso siempre me ha producido cierta tristeza. Evidentemente no soy adivina, y yo qué sé quién se irá antes que quién. Pero por lógica debería ser así. Cuando hay un ser querido que pierde a un familiar yo me pongo en su lugar y siento un poco su pena, imagino que es a mí a quien le pasa y me duele. Además como siempre he pensado que acabaría sola y sin descendencia, pienso que cuando se marche el último de esos familiares me quedaré sola de verdad. Que sí, que habrá gente alrededor, y otros familiares como mis sobrinxs, pero no sé si me entiendes lo que quiero decir.

No es un pensamiento que esté presente constantemente, pero está ahí. Y a veces viene a mí. Por eso una idea sería irme yo primero para evitar ese sufrimiento. Pero claro los que sufrirían serían ellos, y tampoco es que fuera agradable para los que se quedan. El destino hablará.

Desde bien canija he hecho duelos. Cuando mi madre regaló mi muñeco chico (tenía pene) a mis vecinas y que yo adoraba y cuidaba. Cuando se marchó mi abuelo en el verano de 1988 y vi a mi padre llorar como nunca le había visto. Cuando perdí a mi otro abuelo en 1990. Cuando se marchó mi amigo del barrio con el que tenía una amistad muy estrecha, y nunca más he vuelto a ver. Cuando se murió mi amiga Lidia con 15 años y asumí que mi vida sería un continuo de pérdidas de amigos para el resto de mi vida. Amigos que no volvieron, amigos que desaparecieron, amigos que eligieron otros caminos. La despedida de todos los animales que me han acompañado en estos años, mi pato Kiko, mi pato negro, mi pájaro Curro, y sobre todo, mi precioso Mofly, el gato más bonito y más bueno que nunca tendré. Dejar a todas mis relaciones, que si ya es difícil que te dejen, dejar es algo por lo que tienes que prepararte a conciencia. Y estar muy segura de que esa decisión es la correcta al 100%. Dejar un trabajo donde estabas relativamente cómoda y sabías que podrías haber durado años, pero que el sentir te decía que no era tu meta. También haces duelo ante una enfermedad, tuya o de un ser querido. Todo lo que pasamos mi familia y yo con mi hermano. Asumir desde hace años que mi madre está enferma y aceptar que de aquí a un tiempo ya no será la que era, aprender a convivir con esa nueva persona y que aunque no se acuerde de felicitarte sigue estando en esencia ahí. Afrontar tu pasado y dejarlo marchar.

Los duelos son necesarios para volver a tu vida a como estaba antes de ese lapsus. Mucha gente sabe las cinco fases (negación, ira, negociación, depresión y aceptación). Pero cada persona asumirá a su manera el cómo afrontar esa pérdida. Llorar, escribir, bailar, drogarse, enfadarse, deprimirse, pelear… hay miles, tantas como gente en el mundo. Lo que el cerebro racional intenta decirte es que te habías acostumbrado a una presencia, a un ser, a un hábito. Y ahora eso ha desaparecido. Ya no está. O lo asumes o malvives. Y todo proceso necesita su tiempo. Un buen profesor de mi facultad decía que se necesita al menos el mismo tiempo para desprenderse de esa costumbre que el que estuvo presente. Aunque hay duelos que son más difíciles que otros, porque aun sin ser madre (aunque sí una tía que adora a sus enanos), la pérdida de un hijo/a creo que no hay forma de afrontarla. Tengo una amiga que sufre por no poder compartir tiempo con su hijo, tiempo del que antes gozaba y que ahora por esta manía nuestra de comer a diario, no puede compaginar. Y eso también es un duelo.

Y en esas estamos, aprendiendo a desprenderme, aceptando que lo que se convirtió en costumbre, costumbres tan tontas como un simple mensaje, ya no están, ya no volverán. Porque por muchos vagones que yo tenga, por mucho que yo quiera que suba mucha gente y disfrute del viaje  en una fiesta continua en el vagón restaurante, hay que asumir que muchos llegarán a su parada antes que yo. Y da pena, y podrás recordarlo como un trayecto interesante, pero al final el destino manda. Y todo pasa.

 

 

 

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El gen C

De pequeña le pedía a mi padre que me contase cosas de mi abuela, porque nunca la conocí, de hecho sólo tuvo la suerte de conocerla un primo. Pero mi padre apenas me decía nada, se emocionaba mucho. Recuerdo que repetía siempre la misma frase: “era muy buena, era muy buena”. “¿Y por qué se murió tan joven?” preguntaba yo mientras mis grandes ojos marrones miraban a los grandes ojos verdes de mi padre, “pues mira, porque estaba enferma” “¿de qué?” “no se sabe, del corazón, estaba muy delicada”.

Y no sé por qué a la edad de 8 años relacioné la pronta muerte de mi abuela con que era muy buena. Y entonces, que hasta ese momento en general me portaba bastante bien, y me apiadaba de los demás, y sentía que siendo buena persona aún así mis amigos del barrio, que eran mucho más mayores, se metían conmigo algunas veces, me dije a mí misma que nunca sería tan buena como mi abuela, porque yo no quería morirme.

Yo imaginaba que mi abuela Mónica estaba muy enferma porque se crió a principios del siglo XX, nació en 1906, y vivió la guerra y la peor todavía posguerra. Y que encima había tenido 4 hijos, los dos últimos mellizos (sí, mi padre tiene un hermano mellizo) y ya a una edad poco usual para la época, con casi 40 años. Y claro yo asociaba eso a que por dentro estaba reventada, delicada, que normal con esos partos tan complicados se quedara tocada.

Años después me enteré que mi abuela es verdad que estaba delicada, y que era una persona muy buena, claro, era del gen Camarero (su primer apellido). Pero que además de sufrir la guerra y la posguerra, de sufrir que encerraran a su marido en la cárcel de 1939 a 1944 por rojo (cuando salió la dejó embarazada de mi padre y mi tío), de sufrir penurias esos años, manteniendo a dos hijas, buscándose la vida para darlas de comer, y encima con lo poco que tenía cuidando a todos los gatos de su alrededor, además, durante esos 5 años que mi abuelo no estuvo con ella, fue repetidamente, día sí día no, maltratada y violada, pegándola palizas constantes, por unos hombres cuyos nombres se llevó mi abuelo a la tumba, (sospechamos que son de nuestro pueblo, puede que de Huete), porque en la vida se le hubiera ocurrido decirle a mi padre quiénes fueron esos hijos de puta, sabiendo el carácter dócil y amable que gasta, pero con una mala hostia y un sentido de protección a los suyos que hacen temblar al tipo más grande. Y no sólo supe de esa tortura constante que sufrió mi abuela, es que encima mi abuelo era el típico señor de vida alegre, lo que se llamaría un golfo, y según cuenta mi primo no parecía que tuviera mucha consideración hacia su mujer.

Así que mi abuela, el día que cumplía 61 años, mi padre que apenas rozaba los 20, tuvo que llevarla en sus hombros cargando el ataúd con la rabia de saber que había desaparecido la persona que más ha querido en su vida. Y la que probablemente había sufrido más también.

 

Mi tía Vito, que fue la primera en nacer de los cuatro, tiene el gen Camarero por cada poro de su piel. Buena como ella sola, no se mete en la vida de nadie, hace lo que le place, ahora lo que las piernas le dejan, con la mejor memoria que he visto en mi vida, también tuvo la desgracia de padecer situaciones horribles en su juventud, bueno en general lleva toda la vida sufriendo. Pero nunca borra esa sonrisa de dientes perfectos. Cuando vivía en el pueblo se enamoró de un señor, y decidieron irse a Valencia a buscar una oportunidad, ya que en el pueblo había poco trabajo. Ese señor era sobre todo un borracho, un ser que vivía pegado a una botella. Y mi tía sufrió un calvario constante los años que duró su matrimonio. Mi padre, que la adora con locura, y listo como es, se olió la tostada un día que hablaron por teléfono, y allí que se presentó en el tren que no te imaginas por esos años lo lamentable que era, y las horas que tardaba. Cuando vio que mi tía estaba mal, porque también la pegaba, cogió a ese señor del cuello y le dijo que se largara inmediatamente. Mi tía se divorció, y vivió sola mucho tiempo, tan a gusto, sin complicarse la vida, con su trabajo y sin demasiadas preocupaciones.

Pero un día conoció a un hombre, a un hombre de verdad, con el que se sentía sujeto, que la miraba de una forma que ella, cuando nos habla de Raúl, que así se llamaba, sentía hormigas en el estómago. Raúl, que era muy buen tipo, un día en casa le dijo que se moría de ganas de darle un beso, y mi tía, en cierta manera tímida, se dejó llevar. Dice que fue el beso más bonito que nadie le había dado, se emociona al contarlo, y que nadie le había hecho sentirse así nunca. Así que ya a una edad avanzada, unos 50 años, decidieron emprender una vida juntos, mi tía le dio una nueva oportunidad al amor. Vivió los años más felices a su lado, la respetaba, la quería con cada gramo de su alma, y ella se sentía niña de nuevo.

Acordaros que ella tiene el gen Camarero, por lo que las alegrías siempre son a medias. Un día Raúl enfermó, y le pidió a mi tía casarse para que al menos, si a él le pasaba algo, le dejara el estado una pensión, ya que el anterior sinvergüenza no le pasaba ni una peseta. Se casaron, pero no duró mucho, a los tres meses de la boda Raúl no despertó. Mi tía lloró mucho, como siempre hace cuando la vamos a ver y nos cuenta cosas de su vida. Llora en bajito, en silencio, también habla sola porque se ha pasado casi toda su vida así. Y llora porque siente que cuando por fin encontró a su otro, a alguien no que la completaba, sino que la complementaba, la vida se lo arrebató de un plumazo. Y decidió que nunca más dejaría que su corazón se fijara en ningún otro hombre, no por cabezonería, sino porque ella ya se lo entregó a Raúl y no se veía capaz de amar a nadie más.

No fue suficiente ese halo de tristeza que siempre envolvió a los Camarero, que además mi tía tuvo que ver morir a su nieta cuando todavía no había cumplido los 4 años. Y ella siempre que nos habla de Lucía, se repite constantemente la misma frase: “¿y por qué no pude que ser yo, que ya estoy vieja y ya he vivido mucho, y no que se me llevaran a mi niña preciosa?” Pues porque la vida es injusta tía, básicamente.

 

Y ahora estoy yo aquí, pensando en ellas, en la vida que llevaron, en la de batallas que libraron y la cantidad de días que han sufrido, en un día como hoy, que se celebra que las mujeres no debemos dejarnos pisar, que es un día para recordar que tenemos los mismos derechos que vosotros, hombres. Que me siento objeto de deseo pero también sujeto, aunque lo de sujeto todavía queda camino por recorrer, como es normal. Que hay muchas mujeres que sufren tormentos diarios, palizas constantes a manos de, se supone, la persona que más las quiere en este mundo. Y que sinceramente me importa una mierda si el muñeco del semáforo lleva falda para representar a una mujer, cuando yo me siento muy mujer y no llevo casi nunca falda. Me importa lo que de verdad tiene valor, no ser un puto cero a la izquierda, no ser pisada, manipulada, insultada, amenazada…

Y pienso en mi pasado, que no debería, pero que por ser idiota me ha venido todo de golpe, y entonces una palabra resuena en mi cabeza, una palabra que no quiero asumir, que no puede ir conmigo, es imposible, con lo que yo soy. Si todo el mundo me lo ha dicho siempre, que tengo las cosas muy claras, que sé lo que quiero y lo que no, que no me amedrento con cualquier tontería… y sin embargo… es una lucha interior que no sé cómo librar. Intento dar un razonamiento lógico a todo lo que pasó, sé que tengo mi carácter y puedo ser dañina si me lo propongo, y aunque tengo trazas de gen Camarero no soy como ellas ni de lejos. Porque siempre había una frase dentro de mí: de buena era tonta.

Y no es el miedo a asumir, a aceptar lo que fui o en lo que me convertí, o lo que padecí. No es miedo a no saber lidiar con eso, es miedo a repetir sus vidas, las de ellas. O quizá ya se ha repetido y esta pequeña sacudida que me dieron hace unos días es simplemente un toque de atención para precisamente no caer en sus errores, ni por supuesto en los míos. Lloré, lloré mucho. Llorar en el metro cuando tienes que ir a trabajar es una sensación muy agobiante, mientras la gente te mira y se pregunta qué te pasa pero con miedo a que les sueltes un “a ti qué te importa” no te dicen nada. Y creerme que trabajar cuando lo que quieres es correr, gritar y esconderte, es algo que me ha pasado algunas veces y sé que me seguirá pasando, pero es de las peores situaciones que puedes vivir, sobre todo si alguien te pide explicaciones de por qué esa cara. Lloré por perder la estabilidad que tanto tiempo y esfuerzo me había costado conseguir, por volver a recordar esas veces que lloraba por la calle o en el bus mientras mi cabeza intentaba buscar una explicación lógica a lo que había ocurrido, y donde casi siempre la respuesta que me encontraba era un “tú sabrás”. Lloré por verme tan imbécil, por no saber cómo pude llegar a eso, por dar segundas oportunidades a quien no lo merecía, por no contarlo, por querer olvidarlo pensando que así no habría pasado. Lloré de rabia por sentir lástima de él. Incluso en los peores momentos me daba pena. Y yo que he intentado hacer las cosas bien, que estas historias sé que no son fáciles, que he intentado que haya cierta cordialidad… ahora siento tantas cosas que ni siquiera aquí las puedo expresar.

Con la sexología lo que aprendí es que las relaciones pueden ser de muchas formas, tantas como personas hay. Y me sirvió en cierta manera de terapia, para mí misma y para entender al resto de la gente. Pero lo que más me ha ayudado siempre es olvidar. Olvidar el dolor, el sufrimiento, los malos momentos. El cerebro es maravilloso y hace todo eso precisamente para que puedas seguir adelante. Para que todo se lleve mejor. Pero las personas que escribimos sobre nuestra vida, tanto lo bueno como lo no tan bueno, tenemos el problema de que es más complicado olvidar. Y encima si lo olvidas vas al año que sea de tu cuaderno y con leer te vuelve todo a la cabeza, con todos los detalles. Yo me he emocionado leyendo pasajes de mi vida que cuando las escribí estaba emocionada, me he reído leyendo las tonterías que se me ocurrían, y he vuelto a llorar con lo que me hacía daño.

No sé qué voy a hacer ahora. No tengo nada claro. Hay un pensamiento que siempre que estoy mal viene a mí: huir. Esconderme en cualquier rincón un tiempo y resetear. Pero tengo sentimientos encontrados porque estar sola si eres feliz es un punto bastante favorable, pero cuando estás en un bache estar sola te puede hundir más todavía. Y además estoy bastante reconciliada con Madrid, y tengo mucha gente a la que poder llamar a su hombro si lo necesito. Menos mal, te lo digo, menos mal que eso siempre, siempre lo tuve claro, nunca abandonar a tu gente, por muy bien que estés con tu pareja, nunca abandones a los que han crecido contigo.

Estoy muy revuelta, me siento como una barca pequeña, insignificante en medio del océano, con olas de 10 metros golpeándome. Siento que ha llegado la tormenta y que por más que busque una isla donde atracar no veo más que agua salada por donde mire.

Llevo años intentando quedarme con lo bueno, y he conocido tantos hombres maravillosos, ya no familiares o amigos que no les cuesta hacerte un favor, o decirte una palabra bonita en un determinado momento, sino seres que apenas conocía y me han hecho sentir cosas preciosas dentro de mí, cosas que hacía tiempo nadie me hacía sentir, sentirme viva en vida, y no al revés. Sólo un ejemplo, yo siempre me he movido en transporte, no he tenido problema en volver sola a casa porque mucho miedo no he tenido, o que he sido un poco inconsciente. Pero que te lleven alguna vez a casa es un detalle que es de agradecer. En los últimos 8 meses más amigos, amigas y conocidos me han acercado a casa o donde fuera, porque les ha dado la gana o porque no querían que me volviera sola, que en los anteriores años. Y yo que no estoy acostumbrada a eso, hasta me siento un poco mal por hacerles dar una vuelta en lugar de poder irse a sus casas directamente. Pero es reconfortante saber que hay gente que no le cuesta hacer ese tipo de favor. La primera vez que lo hizo un chico que ahora es bastante amigo, mientras recorría los 3 metros de la carretera a mi portal, me iba con una sonrisa de idiota pensando: hostia que esto es así, que no les cuesta tanto, que para ellos es normal… y me reí tanto. Y sí, por muy feminista que sea, por mucho que haya pasado, nunca podré meter a los tíos en el mismo saco, porque hay lobos con piel de cordero, que aparentan ser de una forma y luego son otra, que como amigos quizá chapó pero como compañeros tienen cero inteligencia emocional; pero hay seres maravillosos que aunque sólo pasen por tu vida un tiempo corto, dejarán una marca mucho más bonita y un recuerdo al que siempre llevará asociado una lágrima, pero esta vez de felicidad.

 

dos caminos

Hace años, bastantes, me prohibieron hacer lo único que sabía hacer. Me prohibieron expresarme. Me cortaron los dedos. Me censuraron. Y entonces decidí que aquí sólo contaría cosas bonitas, cosas curiosas, sumar, aportar. Pero mis sentimientos, lo que realmente debía expresar para no volverme loca, los llevé a otro rincón, donde nadie me ve, donde nadie sabe que existe esa otra parte de mí. La que teme, la que duda, la que sufre, la que llora mientras nadie la ve. La que necesita desahogarse para soltar lastre. Mis recovecos más oscuros, mis malos pensamientos, mis idas de olla, mis paranoias, mis no entender nada, los dejé para mí. Fue una decisión muy difícil. En realidad podría no haber hecho caso al censor y haber seguido haciendo lo que me daba la gana. Pero acepté, derrotada, por estar cansada de darme golpes contra un muro.

Y me fue más o menos bien, y no tuve demasiado problema en ocultar esa otra yo. Y aunque ahora sí tengo la libertad de decir en mis escritos lo que quiero, hay una parte que se niega, porque en realidad desnudarte para los demás es un acto valiente y que requiere destreza pero que te expone al juicio de los ojos ajenos. Quizá tenía razón y a la gente no le importa una mierda como yo me sienta o cómo yo vea ciertos comportamientos… siempre analizando!

Tomé la vía fácil, mirar hacia otro lado, olvidar, o mejor dicho no recordar. Me colgué la sonrisa y el buenrollismo y el paso de todo lo anterior. Sabía que eso iba a durar sólo un tiempo. Sabía que pronto volvería a la realidad. Ansié tanto la paz mental que todo este tiempo que la he tenido la he disfrutado al máximo. Ahora el ruido no viene de fuera, cosa de agradecer. Ahora son mis ruidos internos, ha vuelto el nudo en la garganta, la presión en el estómago, el respirar con dificultad. No, no voy a dejarme llevar porque sé que me arrepentiré, no quiero volver al todo lo que diga será usado en mi contra. Sólo hoy, sólo un minuto, sólo un parón para decir que soy humana y que tengo mis días malos. Que también sé que pasará, pero que necesito ordenar todo este cúmulo de sentimientos.

Sí, soy yo ahora la que se autocensura, soy yo la que borra frases pensando que algunos ojos lo van a leer, y seguramente no lo lean, y probablemente nadie entienda de qué coño hablo porque en realidad soy experta en rellenar huecos sin decir nada. Tengo dos opciones: volar, volar como un ave en libertad, mecida por el viento, que sólo mira hacia delante, que se deja llevar, sin más objetivo que disfrutar el viaje. Mi otro camino, más oscuro, bajar a los infiernos, vaciar todo ese cajón, sacar al monstruo y mirarle a la cara.

Casi siempre he resuelto sola todos mis problemas, consejos pido, ayuda puntual también, pero relatar los acontecimientos hace que la bola pase mejor. Es sólo que hacía mucho tiempo que no venía a mí esta sensación, de vacío, de dolor, de tristeza. Y me trae malos recuerdos, épocas pasadas que quise enterrar.

Y hace poco alguien me dijo que no hace falta decir todo lo que se siente. Si ese alguien supiera que ahora mismo siento la necesidad de decirle que le echo de menos. Que no sé por qué pero que es así. Que no debería y que no he elegido sentir eso, pero que es la verdad.

Son debates que tengo conmigo misma. Mañana será otro día.

 

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