Concurso de relato erótico: Fantasías incumplidas

Los acontecimientos de estos últimos días han hecho que haya escrito mucho (aquí menos) de lo que me pasa, pero hay algo que quiero relatar, que para mí ha sido muy importante. Y creo que no todo el mundo sabe.

Hace unas semanas participé en un concurso de relato erótico. Lo organizaba la Librería Pernatel (San Sebastián de los Reyes), el supermercado erótico Lysstore y lo patrocinaba la marca sueca Lelo, la cual hace juguetes genitales (mayormente) de alta gama, y que estoy a ver si ahorro para probar alguno.

Por lo visto participaron más de cien relatos. A mí el martes 6 de marzo me llamó Eva Fuentes, para decirme que había resultado una de las siete finalistas y que al día siguiente, miércoles 7, se diría en un acto íntimo quién había resultado ganador/a. Siete entre más de cien, no está nada mal. Y yo no sabía que ponerme en ese momento, y me puse nerviosa. Porque para mí ya era un logro que alguien hubiera leído mi relato y lo hubiera valorado como medianamente bueno. Y además había una posibilidad entre siete de ser la ganadora. Así que avisé, con un nudo en el estómago, a mis amigos, y hubo varios voluntarios. Mi amigo Dave, fiel incondicional de todo lo que hago a nivel creativo (será que él es un artista con todo lo que tiene que ver con la música y yo lo intento con mis dedos y lo sabe valorar), y mi amiga Rebeca, que como dirían los adolescentes hoy día es mi Meja. Y me apoya en todo porque para eso están las amigas.

Era la segunda vez en mi vida que presentaba un relato a un concurso, las dos veces erótico. La primera fue hace unos años para un concurso pequeño de una tienda erótica de Rivas Vaciamadrid, Los Secretos de Mar, y quedé la segunda, donde sí tenía un premio, pero por mi maldita pereza nunca pasé a recogerlo.

Cuando vi el jurado me quise morir, porque además de Manuel Montalvo Ruiz (que desde mi atrevida ignorancia no conocía pero sí me sonaba su último libro “La maldita manía de quererte” y que por supuesto en cuanto pase este mes voy a adquirir para poder leerlo, aunque me llama más la atención “Cosas y pelo”), también estaba entre el jurado mi admirada Valérie Tasso, a la que sigo desde hace años, a la que ya escribí un relato para su libro “Confesiones sin vergüenza” pero que a día de hoy no he podido adquirir por diferentes motivos y no he podido saber si mi relato estaba incluido o no, pero que también en abril haré mío. A la que he visto con admiración todos los días que emitían su sección en el programa de La 2 “Para todos la 2” porque por fin se hablaba de la sexología sustantiva que tanto amamos. De la que me enteré estudiando en In.Ci.Sex que ella también hizo allí el máster con mis profesores, y a la que casi conozco en persona hace 2 años cuando estuve a punto de ir al seminario que se hace en Avilés, pero que por temas personales al final no pude realizar. A la que sigo en Twitter y Facebook desde hace años y el sólo hecho de que contestara a algunos de mis mensajes ya me hacía vislumbrar que es una mujer cercana.

No sólo estaba todo esto, sino que además había una posibilidad de resultar ganadora. Aunque yo soy muy crítica conmigo misma, y no me veía ganando, el hecho de estar ahí para mí fue un subidón de energía que tanto he necesitado estos días.

Así que a las 18.00 de la tarde, salí pitando del trabajo para irme a casa a cambiarme. Dave me esperaba con su coche, que se había puesto (más) guapo para la ocasión, y recogimos a Rebeca que también se acercó al barrio después del curro. Llegamos justo a las 20.00. Entramos en el restaurante donde se hacía el evento, y me dijeron que yo tenía un asiento reservado en las primeras filas. Me dio pena no estar con mis amigos, pero me hacía ilusión tener un asiento reservado, nunca había tenido uno. Sí, los pequeños detalles me hacen feliz.

Las chicas que organizaban el evento y la magnífica Sol Torres, a la que tampoco tenía el placer de conocer, hicieron una velada muy interesante, hablando de sexo(logía), y por supuesto con las entrevistas a Manuel y a Valérie. Pasaba el tiempo, y los nervios se fueron diluyendo, porque algo en mí me decía que mi nombre no iba a sonar. Efectivamente, como segundo premio por el relato “Fantasías de un balcón” (que todavía no he podido leer) fue premiado Adolfo Martín. En el cocktail pude hablar con él y me dijo que ya se había autoeditado una novela, y que era la primera vez que escribía algo de este estilo. Me animó fervientemente a que publicara. Y como colofón final Valérie leyó delante de todxs, con esa voz tan característica suya, que pese a los años que lleva por España sigue con su marcado acento francés, y que a mí tanto me gusta y me relaja, el relato ganador: “A ciegas”, de la ganadora María Cristina Menéndez, la cual ya tiene algunos libros publicados, y por lo bien que estaba redactado se merecía sin ninguna duda el primer premio. Pude acercarme a darle la enhorabuena y estaba muy contenta, no era para menos. Me fijé que cuando Valérie empezó a leer ella se reconoció en su relato y empezó a llorar de la emoción, yo pensé: si me hubieran leído el mío habría hecho lo mismo.

Y después de las felicitaciones la gala dio paso a un cocktail, y entonces sí, iba a aprovechar mi oportunidad. Me acerqué a Valérie, la cual imaginaba alta pero no tanto, y tímidamente la saludé. Ella un tiempo antes me reconoció a lo lejos y eso ya me hizo ilusión. Estaba tranquila porque no iba a comportarme como una groupi, pero impone qué coño. Y me dio un abrazo y me dijo “por fin nos conocemos”, y a mí se me cayeron las bragas. Hablamos de Inci, de los grandes maestros que hemos tenido en la escuela, del programa de la tele que el gobierno de ese momento canceló, y un poco de la vida en general. Yo tampoco quise acaparar toda su atención porque había más gente que quería saludarla, pero me hubiera tirado toda la noche hablando con ella. Y por supuesto me firmó un libro que llevé suyo, “París la nuit”, el cual leí hace tiempo. La dedicatoria fue preciosa, os la dejo en una foto porque a mí estas cosas es que me hacen ser muy gorda fan. Merci beaucoup!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y poco más, mis amigos y yo tomamos algo durante un rato, pero luego nos fuimos a celebrarlo por el centro, como no podía ser de otra manera.

Como no llevé discurso ni nada preparado supuse que en caso de poder decir unas palabras improvisaría, con lo mal que se me da expresarme con la voz. Pero ahora que tengo un ratito, que estoy en mi casa tranquila, y pese a no haber resultado ganadora, quiero decir lo siguiente:

Primero, creo que ambos premiados tenían una experiencia a nivel narrativa la cual yo no tengo, pero el hecho de haber sido “contrincante” con ellos me hace sentir que quizá esto de escribir no se me da tan mal.  Si lo pienso fríamente de dos intentos dos finales, es buena media. Segundo, me hizo gracia que Cristina dijera que nunca le había tocado un premio desde que era pequeña porque si hubiera sido yo la que habla justamente habría dicho que desde los 16 años que me tocó la Nintendo 64 no había ganado nada, a excepción de hacía justamente unas semanas que me tocaron dos entradas para un festival de cine erótico, del cual ya hablé hace poco aquí. Concurso donde también andaba Valérie, me traes suerte! Quizá para otra ocasión.

Otra cosa que quiero decir es que agradezco mucho a la gente que me apoyáis y valoráis esto que hago. Sé que me enrollo muchísimo pero nunca supe hacer resúmenes y no sé sintetizar, yo subrayaba todo en los libros. Creo que sin contexto las cosas no se entienden, por eso soy extensiva e intensiva. Pero sé que algunos ojos me leen y a veces hasta hay feedback, cosa de agradecer. Y una cosa que me suelen decir es que emociono con lo que cuento o cómo lo cuento. Y eso es todo un logro. Llevo escribiendo mis rayadas desde los 8 años y son ya 26 años de experiencia; vamos que comer, dormir, masturbarme y escribir, van más o menos a la par en cuanto a aprendizaje.

Y por supuesto, agradecer inmensamente a Rebeca y a Dave por acompañarme en algo que para mí es muy importante. Curiosa la amistad de ambos, que pese a ser de círculos diferentes, les une una cosa que quizá no sepan. Tanto con la una como con el otro, hubo un principio difícil de relación, vamos que me caían como el culo. Pero creo que la base de las grandes amistades siempre tienen el mismo principio complicado de aceptar al otro tal cual es, con sus cosas buenas y no tan buenas. Como las relaciones de pareja. Y aquí seguimos, con una 20 años después, con el otro, unos 13, y lo que nos queda chavales.

Os dejo los links de los relatos premiados y unas fotos que me sacaron con mi “compañera” y querida Valérie, y con mis mejos claro.

<<La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices (escribes) y lo que haces, están en armonía>> Mahatma Gandhi.

 

Ah, mi relato! Qué cabeza, no lo he visto todavía publicado, y no sé si sólo iban a publicar los dos ganadores. No pasa nada, ya lo leeréis… o no. xD

Segundo premio: http://pernatel.es/magazine/fantasias-de-un-balcon-segundo-premio-del-ii-concurso-de-relato-corto-erotico-de-san

Primer premio: http://pernatel.es/magazine/ciegas-ganador-del-ii-concurso-de-relato-corto-erotico-de-san-sebastian-de-los-reyes

 

Mis premios:


 

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Duelos y quebrantos

Podría hablar de la receta. Que por cierto es manchega. Me encanta cocinar, me relaja y si me empeño me puede salir algo comestible.

Pero no. Los duelos son ese proceso interno que debemos hacer ante una pérdida. La muerte es uno de ellos, y es algo que desde pequeña me ha inquietado. Preguntas sin respuesta como dónde va nuestra conciencia cuando nuestro cuerpo deja de tener vida, si hay una esencia o un alma que vuelva a nacer en otro cuerpo, si ese cielo que nos auguran es eterno cómo saber que el tiempo está transcurriendo. Qué sientes cuando dejas de sentir o de existir.

Soy la pequeña de cuatro hermanos, hermanos mucho más mayores que yo. Por lo que mis padres son también mayores. Cuando era cría me daba miedo morir, desaparecer, ¿y luego qué? Pero también me daba miedo que todo el mundo de mi alrededor fuera marchándose y quedarme sola. Por ley de vida que se suele decir, yo debo ser la última en irme de los seis. Y pensar eso siempre me ha producido cierta tristeza. Evidentemente no soy adivina, y yo qué sé quién se irá antes que quién. Pero por lógica debería ser así. Cuando hay un ser querido que pierde a un familiar yo me pongo en su lugar y siento un poco su pena, imagino que es a mí a quien le pasa y me duele. Además como siempre he pensado que acabaría sola y sin descendencia, pienso que cuando se marche el último de esos familiares me quedaré sola de verdad. Que sí, que habrá gente alrededor, y otros familiares como mis sobrinxs, pero no sé si me entiendes lo que quiero decir.

No es un pensamiento que esté presente constantemente, pero está ahí. Y a veces viene a mí. Por eso una idea sería irme yo primero para evitar ese sufrimiento. Pero claro los que sufrirían serían ellos, y tampoco es que fuera agradable para los que se quedan. El destino hablará.

Desde bien canija he hecho duelos. Cuando mi madre regaló mi muñeco chico (tenía pene) a mis vecinas y que yo adoraba y cuidaba. Cuando se marchó mi abuelo en el verano de 1988 y vi a mi padre llorar como nunca le había visto. Cuando perdí a mi otro abuelo en 1990. Cuando se marchó mi amigo del barrio con el que tenía una amistad muy estrecha, y nunca más he vuelto a ver. Cuando se murió mi amiga Lidia con 15 años y asumí que mi vida sería un continuo de pérdidas de amigos para el resto de mi vida. Amigos que no volvieron, amigos que desaparecieron, amigos que eligieron otros caminos. La despedida de todos los animales que me han acompañado en estos años, mi pato Kiko, mi pato negro, mi pájaro Curro, y sobre todo, mi precioso Mofly, el gato más bonito y más bueno que nunca tendré. Dejar a todas mis relaciones, que si ya es difícil que te dejen, dejar es algo por lo que tienes que prepararte a conciencia. Y estar muy segura de que esa decisión es la correcta al 100%. Dejar un trabajo donde estabas relativamente cómoda y sabías que podrías haber durado años, pero que el sentir te decía que no era tu meta. También haces duelo ante una enfermedad, tuya o de un ser querido. Todo lo que pasamos mi familia y yo con mi hermano. Asumir desde hace años que mi madre está enferma y aceptar que de aquí a un tiempo ya no será la que era, aprender a convivir con esa nueva persona y que aunque no se acuerde de felicitarte sigue estando en esencia ahí. Afrontar tu pasado y dejarlo marchar.

Los duelos son necesarios para volver a tu vida a como estaba antes de ese lapsus. Mucha gente sabe las cinco fases (negación, ira, negociación, depresión y aceptación). Pero cada persona asumirá a su manera el cómo afrontar esa pérdida. Llorar, escribir, bailar, drogarse, enfadarse, deprimirse, pelear… hay miles, tantas como gente en el mundo. Lo que el cerebro racional intenta decirte es que te habías acostumbrado a una presencia, a un ser, a un hábito. Y ahora eso ha desaparecido. Ya no está. O lo asumes o malvives. Y todo proceso necesita su tiempo. Un buen profesor de mi facultad decía que se necesita al menos el mismo tiempo para desprenderse de esa costumbre que el que estuvo presente. Aunque hay duelos que son más difíciles que otros, porque aun sin ser madre (aunque sí una tía que adora a sus enanos), la pérdida de un hijo/a creo que no hay forma de afrontarla. Tengo una amiga que sufre por no poder compartir tiempo con su hijo, tiempo del que antes gozaba y que ahora por esta manía nuestra de comer a diario, no puede compaginar. Y eso también es un duelo.

Y en esas estamos, aprendiendo a desprenderme, aceptando que lo que se convirtió en costumbre, costumbres tan tontas como un simple mensaje, ya no están, ya no volverán. Porque por muchos vagones que yo tenga, por mucho que yo quiera que suba mucha gente y disfrute del viaje  en una fiesta continua en el vagón restaurante, hay que asumir que muchos llegarán a su parada antes que yo. Y da pena, y podrás recordarlo como un trayecto interesante, pero al final el destino manda. Y todo pasa.

 

 

 

El gen C

De pequeña le pedía a mi padre que me contase cosas de mi abuela, porque nunca la conocí, de hecho sólo tuvo la suerte de conocerla un primo. Pero mi padre apenas me decía nada, se emocionaba mucho. Recuerdo que repetía siempre la misma frase: “era muy buena, era muy buena”. “¿Y por qué se murió tan joven?” preguntaba yo mientras mis grandes ojos marrones miraban a los grandes ojos verdes de mi padre, “pues mira, porque estaba enferma” “¿de qué?” “no se sabe, del corazón, estaba muy delicada”.

Y no sé por qué a la edad de 8 años relacioné la pronta muerte de mi abuela con que era muy buena. Y entonces, que hasta ese momento en general me portaba bastante bien, y me apiadaba de los demás, y sentía que siendo buena persona aún así mis amigos del barrio, que eran mucho más mayores, se metían conmigo algunas veces, me dije a mí misma que nunca sería tan buena como mi abuela, porque yo no quería morirme.

Yo imaginaba que mi abuela Mónica estaba muy enferma porque se crió a principios del siglo XX, nació en 1906, y vivió la guerra y la peor todavía posguerra. Y que encima había tenido 4 hijos, los dos últimos mellizos (sí, mi padre tiene un hermano mellizo) y ya a una edad poco usual para la época, con casi 40 años. Y claro yo asociaba eso a que por dentro estaba reventada, delicada, que normal con esos partos tan complicados se quedara tocada.

Años después me enteré que mi abuela es verdad que estaba delicada, y que era una persona muy buena, claro, era del gen Camarero (su primer apellido). Pero que además de sufrir la guerra y la posguerra, de sufrir que encerraran a su marido en la cárcel de 1939 a 1944 por rojo (cuando salió la dejó embarazada de mi padre y mi tío), de sufrir penurias esos años, manteniendo a dos hijas, buscándose la vida para darlas de comer, y encima con lo poco que tenía cuidando a todos los gatos de su alrededor, además, durante esos 5 años que mi abuelo no estuvo con ella, fue repetidamente, día sí día no, maltratada y violada, pegándola palizas constantes, por unos hombres cuyos nombres se llevó mi abuelo a la tumba, (sospechamos que son de nuestro pueblo, puede que de Huete), porque en la vida se le hubiera ocurrido decirle a mi padre quiénes fueron esos hijos de puta, sabiendo el carácter dócil y amable que gasta, pero con una mala hostia y un sentido de protección a los suyos que hacen temblar al tipo más grande. Y no sólo supe de esa tortura constante que sufrió mi abuela, es que encima mi abuelo era el típico señor de vida alegre, lo que se llamaría un golfo, y según cuenta mi primo no parecía que tuviera mucha consideración hacia su mujer.

Así que mi abuela, el día que cumplía 61 años, mi padre que apenas rozaba los 20, tuvo que llevarla en sus hombros cargando el ataúd con la rabia de saber que había desaparecido la persona que más ha querido en su vida. Y la que probablemente había sufrido más también.

 

Mi tía Vito, que fue la primera en nacer de los cuatro, tiene el gen Camarero por cada poro de su piel. Buena como ella sola, no se mete en la vida de nadie, hace lo que le place, ahora lo que las piernas le dejan, con la mejor memoria que he visto en mi vida, también tuvo la desgracia de padecer situaciones horribles en su juventud, bueno en general lleva toda la vida sufriendo. Pero nunca borra esa sonrisa de dientes perfectos. Cuando vivía en el pueblo se enamoró de un señor, y decidieron irse a Valencia a buscar una oportunidad, ya que en el pueblo había poco trabajo. Ese señor era sobre todo un borracho, un ser que vivía pegado a una botella. Y mi tía sufrió un calvario constante los años que duró su matrimonio. Mi padre, que la adora con locura, y listo como es, se olió la tostada un día que hablaron por teléfono, y allí que se presentó en el tren que no te imaginas por esos años lo lamentable que era, y las horas que tardaba. Cuando vio que mi tía estaba mal, porque también la pegaba, cogió a ese señor del cuello y le dijo que se largara inmediatamente. Mi tía se divorció, y vivió sola mucho tiempo, tan a gusto, sin complicarse la vida, con su trabajo y sin demasiadas preocupaciones.

Pero un día conoció a un hombre, a un hombre de verdad, con el que se sentía sujeto, que la miraba de una forma que ella, cuando nos habla de Raúl, que así se llamaba, sentía hormigas en el estómago. Raúl, que era muy buen tipo, un día en casa le dijo que se moría de ganas de darle un beso, y mi tía, en cierta manera tímida, se dejó llevar. Dice que fue el beso más bonito que nadie le había dado, se emociona al contarlo, y que nadie le había hecho sentirse así nunca. Así que ya a una edad avanzada, unos 50 años, decidieron emprender una vida juntos, mi tía le dio una nueva oportunidad al amor. Vivió los años más felices a su lado, la respetaba, la quería con cada gramo de su alma, y ella se sentía niña de nuevo.

Acordaros que ella tiene el gen Camarero, por lo que las alegrías siempre son a medias. Un día Raúl enfermó, y le pidió a mi tía casarse para que al menos, si a él le pasaba algo, le dejara el estado una pensión, ya que el anterior sinvergüenza no le pasaba ni una peseta. Se casaron, pero no duró mucho, a los tres meses de la boda Raúl no despertó. Mi tía lloró mucho, como siempre hace cuando la vamos a ver y nos cuenta cosas de su vida. Llora en bajito, en silencio, también habla sola porque se ha pasado casi toda su vida así. Y llora porque siente que cuando por fin encontró a su otro, a alguien no que la completaba, sino que la complementaba, la vida se lo arrebató de un plumazo. Y decidió que nunca más dejaría que su corazón se fijara en ningún otro hombre, no por cabezonería, sino porque ella ya se lo entregó a Raúl y no se veía capaz de amar a nadie más.

No fue suficiente ese halo de tristeza que siempre envolvió a los Camarero, que además mi tía tuvo que ver morir a su nieta cuando todavía no había cumplido los 4 años. Y ella siempre que nos habla de Lucía, se repite constantemente la misma frase: “¿y por qué no pude que ser yo, que ya estoy vieja y ya he vivido mucho, y no que se me llevaran a mi niña preciosa?” Pues porque la vida es injusta tía, básicamente.

 

Y ahora estoy yo aquí, pensando en ellas, en la vida que llevaron, en la de batallas que libraron y la cantidad de días que han sufrido, en un día como hoy, que se celebra que las mujeres no debemos dejarnos pisar, que es un día para recordar que tenemos los mismos derechos que vosotros, hombres. Que me siento objeto de deseo pero también sujeto, aunque lo de sujeto todavía queda camino por recorrer, como es normal. Que hay muchas mujeres que sufren tormentos diarios, palizas constantes a manos de, se supone, la persona que más las quiere en este mundo. Y que sinceramente me importa una mierda si el muñeco del semáforo lleva falda para representar a una mujer, cuando yo me siento muy mujer y no llevo casi nunca falda. Me importa lo que de verdad tiene valor, no ser un puto cero a la izquierda, no ser pisada, manipulada, insultada, amenazada…

Y pienso en mi pasado, que no debería, pero que por ser idiota me ha venido todo de golpe, y entonces una palabra resuena en mi cabeza, una palabra que no quiero asumir, que no puede ir conmigo, es imposible, con lo que yo soy. Si todo el mundo me lo ha dicho siempre, que tengo las cosas muy claras, que sé lo que quiero y lo que no, que no me amedrento con cualquier tontería… y sin embargo… es una lucha interior que no sé cómo librar. Intento dar un razonamiento lógico a todo lo que pasó, sé que tengo mi carácter y puedo ser dañina si me lo propongo, y aunque tengo trazas de gen Camarero no soy como ellas ni de lejos. Porque siempre había una frase dentro de mí: de buena era tonta.

Y no es el miedo a asumir, a aceptar lo que fui o en lo que me convertí, o lo que padecí. No es miedo a no saber lidiar con eso, es miedo a repetir sus vidas, las de ellas. O quizá ya se ha repetido y esta pequeña sacudida que me dieron hace unos días es simplemente un toque de atención para precisamente no caer en sus errores, ni por supuesto en los míos. Lloré, lloré mucho. Llorar en el metro cuando tienes que ir a trabajar es una sensación muy agobiante, mientras la gente te mira y se pregunta qué te pasa pero con miedo a que les sueltes un “a ti qué te importa” no te dicen nada. Y creerme que trabajar cuando lo que quieres es correr, gritar y esconderte, es algo que me ha pasado algunas veces y sé que me seguirá pasando, pero es de las peores situaciones que puedes vivir, sobre todo si alguien te pide explicaciones de por qué esa cara. Lloré por perder la estabilidad que tanto tiempo y esfuerzo me había costado conseguir, por volver a recordar esas veces que lloraba por la calle o en el bus mientras mi cabeza intentaba buscar una explicación lógica a lo que había ocurrido, y donde casi siempre la respuesta que me encontraba era un “tú sabrás”. Lloré por verme tan imbécil, por no saber cómo pude llegar a eso, por dar segundas oportunidades a quien no lo merecía, por no contarlo, por querer olvidarlo pensando que así no habría pasado. Lloré de rabia por sentir lástima de él. Incluso en los peores momentos me daba pena. Y yo que he intentado hacer las cosas bien, que estas historias sé que no son fáciles, que he intentado que haya cierta cordialidad… ahora siento tantas cosas que ni siquiera aquí las puedo expresar.

Con la sexología lo que aprendí es que las relaciones pueden ser de muchas formas, tantas como personas hay. Y me sirvió en cierta manera de terapia, para mí misma y para entender al resto de la gente. Pero lo que más me ha ayudado siempre es olvidar. Olvidar el dolor, el sufrimiento, los malos momentos. El cerebro es maravilloso y hace todo eso precisamente para que puedas seguir adelante. Para que todo se lleve mejor. Pero las personas que escribimos sobre nuestra vida, tanto lo bueno como lo no tan bueno, tenemos el problema de que es más complicado olvidar. Y encima si lo olvidas vas al año que sea de tu cuaderno y con leer te vuelve todo a la cabeza, con todos los detalles. Yo me he emocionado leyendo pasajes de mi vida que cuando las escribí estaba emocionada, me he reído leyendo las tonterías que se me ocurrían, y he vuelto a llorar con lo que me hacía daño.

No sé qué voy a hacer ahora. No tengo nada claro. Hay un pensamiento que siempre que estoy mal viene a mí: huir. Esconderme en cualquier rincón un tiempo y resetear. Pero tengo sentimientos encontrados porque estar sola si eres feliz es un punto bastante favorable, pero cuando estás en un bache estar sola te puede hundir más todavía. Y además estoy bastante reconciliada con Madrid, y tengo mucha gente a la que poder llamar a su hombro si lo necesito. Menos mal, te lo digo, menos mal que eso siempre, siempre lo tuve claro, nunca abandonar a tu gente, por muy bien que estés con tu pareja, nunca abandones a los que han crecido contigo.

Estoy muy revuelta, me siento como una barca pequeña, insignificante en medio del océano, con olas de 10 metros golpeándome. Siento que ha llegado la tormenta y que por más que busque una isla donde atracar no veo más que agua salada por donde mire.

Llevo años intentando quedarme con lo bueno, y he conocido tantos hombres maravillosos, ya no familiares o amigos que no les cuesta hacerte un favor, o decirte una palabra bonita en un determinado momento, sino seres que apenas conocía y me han hecho sentir cosas preciosas dentro de mí, cosas que hacía tiempo nadie me hacía sentir, sentirme viva en vida, y no al revés. Sólo un ejemplo, yo siempre me he movido en transporte, no he tenido problema en volver sola a casa porque mucho miedo no he tenido, o que he sido un poco inconsciente. Pero que te lleven alguna vez a casa es un detalle que es de agradecer. En los últimos 8 meses más amigos, amigas y conocidos me han acercado a casa o donde fuera, porque les ha dado la gana o porque no querían que me volviera sola, que en los anteriores años. Y yo que no estoy acostumbrada a eso, hasta me siento un poco mal por hacerles dar una vuelta en lugar de poder irse a sus casas directamente. Pero es reconfortante saber que hay gente que no le cuesta hacer ese tipo de favor. La primera vez que lo hizo un chico que ahora es bastante amigo, mientras recorría los 3 metros de la carretera a mi portal, me iba con una sonrisa de idiota pensando: hostia que esto es así, que no les cuesta tanto, que para ellos es normal… y me reí tanto. Y sí, por muy feminista que sea, por mucho que haya pasado, nunca podré meter a los tíos en el mismo saco, porque hay lobos con piel de cordero, que aparentan ser de una forma y luego son otra, que como amigos quizá chapó pero como compañeros tienen cero inteligencia emocional; pero hay seres maravillosos que aunque sólo pasen por tu vida un tiempo corto, dejarán una marca mucho más bonita y un recuerdo al que siempre llevará asociado una lágrima, pero esta vez de felicidad.

 

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