Golfa, de Extremoduro, no es lo que piensas.

Una palabra: Golfa. Tu significado: mujer de vida alegre. El de Robe: inspiración.

Si me conoces un poco sabes que soy una de las personas más fanáticas de esta banda, me sé todas y cada una de sus canciones, sí, incluida Pedrá, la canción más larga de la historia de nuestro país, con una duración de casi 30 minutos.

Muchxs os sabéis las canciones de Extremo al dedillo, las cantáis en los conciertos, en la ducha, en el coche, en el trabajo…
Pero quizá unx no se para a pensar lo que dicen realmente sus canciones. O sí.
A grandes rasgos Robe habla de amor (lo que más) desamor, drogas, amigos, cárceles, política, Manué, policía, etc.
La mayoría de las veces (yo me incluyo), asociamos esas canciones a su amante, a su pareja, a su rollete, al amor que nunca llegó, sobre todo si habla de ELLA.

Pero os quiero dejar una anécdota que leí hace poco; a veces cuando habla de ELLA no se refiere a su amor cautivo, no señorxs.
La canción Golfa, de su álbum Canciones Prohibidas, año 1998 (yo contaba con 14 años, como dato anecdótico y sin relevancia), y la cual al oírla, como tantas otras de Extremoduro, he deseado que alguien me la cantase al oído, resulta que esta maravillosa canción a quien Robe se la dedica es a la INSPIRACIÓN. Sí, ¿os parece raro? A mí muy curioso al menos. Las personas que se dedican a expresarse de forma artística, necesitamos de ELLA para sobrevivir, para seguir haciendo lo que hacemos. ¿Por qué no dedicarle una canción a un elemento fundamental a la hora de crear?

Os dejo la letra, hacer este ejercicio. Leerla, sin música, pensando en la inspiración como tema principal… Quizá nos enseñe que a veces prejuzgamos a las personas antes de pararnos a conocerlas, porque lo fácil es asumir, en lugar de preguntar(se).

Yo tengo que dar las gracias a Robe y a los componentes de este grupo que escriben esta delicia de canciones, porque para mí es la mayor fuente de inspiración que puedo tener, y también todas mis musas y mis musos que hacen que a día de hoy siga teniendo ganas de relatar cosas. En verdad, soy afortunada.

 

Tan tan 
Llaman a la puerta otra vez, ya va, ¿quién es? 
Fue abrir 
y se metió en mi casa: un amanecer 
¡ahí va! ¡que bien! 
Sola… 
pensar que estaba sola y pensé: 
¡joder! ¡que bien! 
Nada 
me para cuando empiezo a crecer 
¡ahí voy, coger! 
-¿Y por qué no sale sola? 
-porque no le da la gana, 
dice que si no se droga, 
dice que no siente nada 
Si hace sol, se tira de la cama 
y por el ascensor, las nubes se levantan 
y ahí voy yo, a romper las telarañas de tu corazón, 
verás como se escampa, ¡golfa! 
Su piel… 
¡que me corro si me roza su piel! 
-¿Fumas? 
-pero solo no me sienta muy bien 
-¡toma, alíñale! 
Jurad 
jurad que estaba triste y diré: 
fué ayer, ¡joder que bien! 
Nada 
me para cuando empiezo a crecer 
¡ahí voy, coger! 
Seguir la trayectoria que llevan las nubes y volver por la mañana 
igual que sale el sol, verás que calentito retorcer las horas dando 
patadas al reloj. 
Tú …y yo estoy medio loco también y sin otra cosa que hacer, 
como un montón de palabras cogiditas de un papel.

 

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La costumbre del tacto

Por mi profesión y vida personal, sé que hay personas más adictivas que otras a según qué sustancias. Cuando digo sustancias me refiero a las legales y a las ilegales.

Siempre he dicho que más o menos tengo suerte porque no me engancho fácilmente a nada. Ni a nadie. Porque el amor es una droga más, tenlo presente. No sé qué es lo que crea realmente la adicción a algo o a alguien. Supongo que la costumbre.

Y es que cuando creas un hábito de algo, haces que ese algo acabe por ser imprescindible en tu día a día. Será la recompensa de endorfinas y hormonas que se despliegan en el cerebro, será esa sensación placentera de felicidad momentánea que hace que sonrías.

Hay costumbres que llegan a tu vida sin que las hayas pedido, ni las hayas demandado, ni solicitado ni buscado. Te encuentras a diario con un bombón debajo de la almohada al acostarte. Hacen café por las mañanas en el trabajo. Te aderezan la copa con polvos de amor cada vez que sales. Tu vecina que tanto te motiva, te da los buenos días a diario con esa sonrisa que te deshace por dentro. Recibes wasaps constantes de la persona que te gusta. El panadero tiene tu pan rústico preparado a las 14.00 en punto como cada día. Tu compañerx de piso te da las buenas noches antes de irte a la cama. Tu padre te recibe con dos besos al verte.

Y así un sin fin de pequeños detalles, que al principio te sorprenden, luego te acostumbras, y al final te enganchas a ellos haciendo que se conviertan en tus imprescindibles. Entonces llega un día, y esa sonrisa de la vecina se ha esfumado; ese café matutino en el trabajo desaparece; ya no encuentras el bombón debajo de la almohada; miras el wasap pero no hay mensajes; la panadería se ha convertido en una tienda de todo a un euro. Y es ahí cuando te descubres a ti mismx con una nueva adicción, con un enganche que nunca esperaste. Y sientes los mismos síntomas que leíste en la facultad cuando alguien pasaba el mono de una droga “dura”, (si abrimos el debate de lo duro o blando, yo me planteo si es más duro no tener un chino de opio que fumar o sentir el rechazo del amor no correspondido, pero eso para otra entrada), síntomas que no habrían de estar si ese otro factor no hubiera interrumpido en tu vida.

Y tu cerebro racional intenta paliar ese malestar convenciéndote de que si antes eso no estaba en tu vida, y seguías viviendo, y no había ningún problema, no debería haberlo si ahora desaparece. Pero tu cerebro reptiliano se pregunta por qué ahora lo “necesitas”, y hace que lo necesites de verdad, y entonces te das cuenta de que hay costumbres que son como drogas, una vez que las pruebas la vida sin ellas es mucho más fea.

 

Reconocer la adicción es el primer paso para aceptarla y afrontarla. Para gestionar el conflicto que se crea en tu puta cabeza, estómago, corazón o parte corporal que añore esa sensación. A veces ayudan los sustitutivos, de hecho un profesional me dijo una vez: una adicción se cura con otra.

 

Sí, aquí estoy delante del ordenador admitiendo una adicción que desconocía en mí, porque la del chocolate la sabemos yo y todo el mundo que me conoce y esa la gestiono con bastante soltura. Soy adicta a algo que parece insignificante, algo que en principio es fácil de conseguir, algo que he tenido desde que nací, que no he valorado con objetividad hasta que he notado su ausencia. Soy adicta a los abrazos. Sip. ¿Irrisorio? ¿Absurdo? ¿Infantil? ¿Prescindible? Probablemente.

Pensaréis que es fácil de conseguir, incluso aunque los inesperados son los mejores, se pueden pedir en un momento dado. ¿Y por qué a los abrazos? Será la sensación de piel con piel, del tacto, del olor del cuello del otrx, del gustito que da cuando te aprietan los músculos, del calor que se desprende, de sentirte arropada, protegida, querida, apreciada. Hay abrazos que te dan la bienvenida, que muestran alegría por verte o reencontrarte. Hay otros que consuelan en un momento jodido, que reconfortan cuando más los necesitas. Hay abrazos que pueden expresar lo que no nos sale con la voz: te quiero, me gustas, te aprecio, te respeto, eres un amigx, estoy aquí para cuando lo necesites, eres maravillosx, un puto crack, enhorabuena. Sólo con un gesto simple de rodear el cuerpo del otro puedes estar expresando multitud de sentimientos.

En mi opinión se dan pocos abrazos. Parece que cuesta, como si darlos fuera reconocer que estamos vivos, que sentimos, que somos de carne y hueso. Incluso a veces da cierto corte. Somos asurdos que dice la Vecina Rubia. Pienso que se eliminarían muchos conflictos si en lugar de darnos la mano o dos besos nos diéramos un abrazo.

¿Y por qué ahora en mi segundo tercio de vida me doy cuenta de esto? Porque soy de familia numerosa y cariñosa, porque desde que tengo uso de razón mis hermanos y padres nos hemos dado muchos abrazos, porque ahora que somos más mayores y nos vemos menos, el consumo se ha reducido drásticamente, dejándolos para ocasiones especiales como fin de año, cumpleaños y eventos así. Porque hubo una época que no los necesitaba, y cuando me los daban hasta me molestaba un poco el contacto. Porque cuando tienes pareja abastecerte de ellos es mucho más fácil y rápido. Porque lxs amigxs que son muy de abrazar viven lejos y les veo poco. Porque las personas que te acaban de conocer y no saben de esta adicción suelen ver con recelo un abrazo, e incluso les hace sentirse incómodxs. Porque si en algún momento alguien que no te esperas te da uno, tu sensor de recompensa se activa y haces que quieras más. Como los ratones que no paran de dar al botón de la nicotina.

Y aquí ando, buscando sustitutivos para esta droga extraña y aparentemente inocua.

 

 

hablemos del CH3-CH2-OH

No sé si va a gustar lo que voy a decir. En este blog quizá intente ser políticamente correcta ya que al exponerme a los ojos que miran, no quiero herir demasiadas sensibilidades. Pero hay temas que me tocan los cojones, hablando claro. Y este es uno de ellos: el alcohol. El dichoso alcohol. Vivimos en una sociedad donde no sólo no está mal visto consumirlo, sino que se hace apología del consumo en cualquier situación. 

Para empezar tengo que hablar por mí y de mí. Sí, yo también he tenido épocas donde me bebía hasta el agua de los floreros en cualquier fiesta oportuna a la que acudía, o buscaba una excusa para celebrar “por todo lo alto” regando mi estómago con cualquier manjar que el dios Baco quisiera proporcionarme. 

Fiestas del pueblo: alcohol; conciertos: alcohol; sábado de marcha: alcohol; despedidas de soltero: alcohol; bodas bautizos y comuniones: alcohol; bajar al parque: alcohol. Alcohol, alcohol, alcohol. 

Como dice un refrán al que cada día acudo más: lo poco gusta y lo mucho cansa; he aprendido que no hay mejor terapia para aborrecer algo que pillarte una buena indigestión de eso que pretendes aborrecer. Con 8 años comí tantas torrijas que tuvieron que pasar 15 años para poder volver a probar una, ahora se han vuelto a convertir en un placer, por lo que se puede “recaer” a cualquier “vicio” con bastante facilidad. Con 17 años me cogí tal borrachera a tequila que es una cosa de la que no me he repuesto, y sigo sin poder ni acercar mi pituitaria a esa botella del infierno.

Evidentemente las biografías de cada uno son importantes. Si vives en un entorno donde apenas se consume, lo harás probablemente de vez en cuando. Si tu mismo padre se toma cada día un coñac después de comer, probablemente lo veas como algo “normal”, “lógico” y hasta necesario. Si eres de los que sale de fiesta y por lo que sea un día no pudiste probar una gota de alcohol, y encima no te lo pasaste bien, dirás que sin beber no puedes asociar a divertirte. Si eres tímido como te desinhibe pues aprovechas que el Pisuerga pasa por Valladolid. 

Aquí cada uno es libre de buscarse las excusas perfectas para que la cabeza no explote. Hasta aquí todo correcto. Creo que cada persona puede decidir lo que tomar o no en su vida, mientras uno sea feliz con lo que hace o deja de hacer, los demás punto en boca. 

Lo que ocurre, lo que me pone un poco de los nervios, lo que me intranquiliza en cierta manera, es oír incluso de la TV que una copa de vino es bueno para el corazón, o una caña al día es buena para la memoria. Primero, ¿quién ha hecho ese estudio? ¿el mismo que hizo Coca-cola para decir que las personas que la beben son un poco más felices? ¿el mismo estudio que hace Durex cada año y habla de que el condón es el mejor método anticonceptivo? 

Vamos a quitarnos la venda de los ojos de una vez. Si Bodegas Pepito hace un estudio y dice que el vino alegra la vida, sea cierto o no, lo que hay que tener claro es que interés empresarial y económico tiene, seguro. 

Además, ¿a todas las personas del mundo les viene bien para el corazón beber una copa de vino al día? ¿y qué hay del alcohol que lleva? Venga, que empiecen los niños a tomar vino, que lo dicen en la TV.

Puede que por mis vivencias de estos últimos 3 o 4 años, vea este tema con otra perspectiva, aunque desde hace mucho, mucho, yo ya sabía que quitarse del alcohol puede ser en ocasiones más difícil que de una droga dura. 

Otra cosa que no soporto, que no lo consideren una droga. Conozco gente que si no se bebe su cervecita diaria o su carajillo con el café, no son personas. Y si ves los ítems en la lista de consumo, abuso y dependencia de una sustancia, podrás ver si una persona está en una u otra según sus reacciones: por una no pasa nada, más daño hace el tabaco, que estamos de fiesta, solo bebo los fines de semana, es que fulanito lo hace y a él no le pasa nada, de algo hay que morir.

Puede que lo peor que haya visto sea una joven embarazada ponerse hasta el culo de cerveza (y otras sustancias) porque a ella esas recomendaciones se la sudan. Lamentable, triste, patético. 

Yo no voy a lo obvio de no conducir bajo un par de copas, o al extremo de no tomar nada porque sea “insano”. Hablo de la levedad con el que se trata el tema, de observar a gente que no debe beber, que se le tiene prohibido, que es más perjudicial en su cuerpo por su enfermedad, o por un mal puntual, y les veo como si nada, como si aquí no pasara ni media, como si su cuerpo fuese a tener siempre esa edad y fuese a recomponerse igual de fácil dentro de 25 años. Como si no supieran que su cerebro ya está modificado para esas sustancias, como si no fuera un tema al que darle importancia. Y venga una copita como digestivo, y venga unas cañas para ponernos al día, y venga un gintonic para alegrarnos la tarde, y venga 12 cubatas para hacerme el machote. 

Pues sí, le duela a quien le duela si bebes a diario: alcohólico. Bebes como un cosaco los fines de semana: alcohólico. Bebes para celebrar cualquier cosa: alcohólico. Bebes sin motivos: alcohólico. Dejas de hacer algo que te gusta por beber: alcohólico. Bebes hasta que pierdes el conocimiento: alcohólico. Priorizas en tu alimentación el alcohol: alcohólico. Bebes solo: alcohólico. Niegas que tienes un problema: alcohólico. Tratas tus problemas con alcohol: alcohólico. Escondes la copa para hacer creer que llevas refresco: alcohólico. Ingieres alcohol de 96º: alcohólico. No acudes a una reunión porque no hay alcohol: alcohólico. Justificas continuamente la ingesta de alcohol: alcohólico. Te rodeas de personas que mayormente beben alcohol, y evitas grupos donde no se bebe: alcohólico. Dejas de hacer cosas importantes por ir a beber copas: alcohólico. 

 

Que pedirte un refresco en una reunión de amigos sea lo raro, es triste. Que te digan algún comentario jocoso porque no bebes como ellos, es triste. Porque yo pienso en una persona cercana a mí, y si le pasara eso a él pienso “o les manda a todos a tomar por culo, o recae”. La presión de grupo a veces es más dañina que la propia sustancia, y hay que tener las cosas muy claras para saber decir NO. Y no todos, por desgracia, son aptos para decirse NO ni así mismos. Y eso es más triste todavía. 

Por último tengo que decir que todo en la vida lleva intereses, y probablemente los menos interesados en sacar todo lo negativo del alcohol sean: los productores, empresarios, vendedores,  personas que se lucran tratando a enfermos, asociaciones, salas de fiesta, bares, restaurantes…

 

en estos años…

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