vuelven las extrañas coincidencias


Me encantan. Lo reconozco. Puedo olvidar lo que me está contando una persona 15 minutos después de la conversación, puedo olvidar que tenía una tarea pendiente, pero me sigo fijando en esas extrañas coincidencias que me sacan una sonrisa y a veces una boca abierta o un resoplido.

Hoy cumple mi tía Vito 84 años. Nació en 1931. Yo nací en 1984, y el pasado febrero cumplí 31. Es una tontería, puede ser, pero a mí estas cosas me inquietan. Mi tía es bastante mayor, de hecho podría ser mi abuela, quizá siempre la vi así, como una abuela que nunca tuve, que al verte te aprieta hasta hacerte daño, que llora cuando regresas a Madrid.

Una señora de 84 años, cuyos ojos han visto más de lo que les hubiera gustado, cuyo cuerpo ha sufrido más de lo que aparenta. De las que no te cuentan nada malo hasta que ya es casi inevitable, para no hacerte sufrir. Con una memoria prodigiosa, cada año recuerda el cumpleaños de todos nosotros, coqueta dentro de su sencillez, con unas manías que a todos nos hace reír, como guardarse la servilleta de la comida para la cena “porque apenas la he usado”, o hacer zapping sin que ella conozca esa palabra al menos 25 veces por franja horaria; y con sus frases típicas como “el colmo” que la dice mientras menea la cabeza de un lado a otro.

Mi tía tiene los ojos pequeños; yo creo que de tanto llorar se le han encogido. Pero tiene una mirada muy viva, muy despierta. Siempre la recuerdo con el pelo corto y canoso, pero es de las que va a la peluquería, se lima las uñas y se hace sus pies “donde siempre”, porque como decía, ella es presumida a su manera.

Cuando la ves como es rechoncha y con cara pan dan ganas de abrazarla hasta marearte, tiene un acento conquense-valenciano que la hace única. Ella es Camarero Camarero, de la genética Camarero vamos, de los sufridores de toda la vida. Si la vida te puede dar dos tortas tranquilos que aquí estamos para recibirlas,  y cuando crees que tienes una alegría ten cuidado, porque suelen serlo a medias, trayendo una pequeña trampa escondida detrás.

Podría contar las penurias que pasó en la guerra, o más aún en la posguerra, podría contar como con 14 años empezó a cuidar a mi padre y a su hermano mellizo recién nacidos, podría contar lo mal que lo pasó con su primer marido, o lo breve de su felicidad con el segundo. Pero un día como hoy, coincidencias de nuevo, también cumpliría años su madre, mi abuela, y hoy, 61 años después de aquel 1906 falleció rota del dolor y de la pena. Así que un velo de nostalgia, tristeza y pesadumbre llena cada año el 4 de mayo; por un lado la alegría de cumplirlos, de que los cumpla, y verla con su eterna sonrisa de dientes perfectos; y por otro lado esa nube gris que no se termina de ir. Como el cielo que contemplo ahora al mirar por la ventana.

De pequeña me dijeron que los seres más queridos son a los que menos ves, y al menos en mi caso se cumple a rajatabla. La familia de mi madre, como casi todas las madres, está más unida y casi siempre hay contacto, nos vemos todos los años al menos una vez, y sigues el recorrido de sus vidas. Pero la familia paterna, al ser en mi caso tan mayores, nunca hubo esa afinidad. Salvo mi tía Vito. Nos vemos cada tres o cuatro años, aunque recuerdo de pequeña ir con algo más de frecuencia, y ella venir al pueblo con Jesús, mi primo de 61 años que también ha hecho un pacto con el diablo y aparenta 45. Pero al final nos hacemos mayores todos, los hijos, los nietos, incluso ella ahora es bisabuela de 3 bisnietos creo recordar.

Sabes de esa gente que suelen decir “es buena gente”, y de otras personas que dicen “es buena persona”, parece lo mismo pero no lo es, mi tía es de las que pertenecen al segundo grupo, buena, buenaza.

Ella nunca ha tenido casa propia, se iba de alquiler recorriendo las calles de Valencia, yo recuerdo varios pisos en los que vivió: un séptimo con un montón de escaleras que tenía una vecina enana; un piso antiguo que para abrir el portal había que tirar de una cuerda; un piso no muy grande con un sofá cama de los antiguos y cuyo gel olía a Sanex; una terraza donde tengo una foto escupiendo por el balcón; una cerca del Mestalla donde se oían los gritos de los aficionados; una que a mí me gustaba especialmente porque era grande y al asomarte al balcón de la cocina había un tejado lleno de gatos, con una bañera inmensa para darte un baño; y un sin fin de casas más. Nunca se hipotecó, y con su paguita ha ido sobreviviendo. Como tanta gente.

He pasado allí veranos, fallas, batallas de las flores, y lo que peor he llevado siempre han sido los inviernos. Con esa humedad, con ese arroparte con sábanas congeladas, durmiendo con calcetines, tiritando porque por más que te abrigaras no había forma de templarte. Los viajes eran siempre como reportajes de Ochéntame: el AX con ventana en el techo, 3 puertas, 5 personas dentro, yo sin silla de niños, sin cinturón de seguridad, y escuchando grandes éxitos como Radio Futura, UB40 o The Police. Ahora esa imagen es impensable.

84 años llenos de experiencias, de sabiduría, de grandes momentos, buenos y malos. Todavía recuerdo cuando ella me contaba que eso de que el hombre había pisado la luna era mentira, y yo me reía muchísimo: pero tía cómo no va a ser verdad, si lo dice la tele. No no no, eso no es verdad, quién se lo iba a creer. Años después me di cuenta que esa teoría de ella podía ser verdad y que lo pensaban muchas más personas.

84 años que dejan atrás recuerdos amargos, ha visto morir a demasiada gente quizá demasiado pronto, pero aquí sigue, con menos ganas cada año, con sus piernas delicadas, pero aguantando el tirón porque ella es así, resistente por fuera y cabezota, y por dentro puro algodón.

 

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